Cuando conocí a Esmiérrez, pensó que me hacía el coso. No me creyó. Después siguió no creyendo pero quiso saber más de ese país, digámosle Etiopía.
Eduardo vio algo. No podía tardar en averiguar qué era. Si me mantenía callado, vendrían preguntas. Eduardo es el nombre de este Esmiérrez.
Y bueno. Indagó formación, familia, relaciones, trabajos anteriores, ubicación en el mapa. Mientras iba construyendo, tropezaba con algo. O eso pareció, nunca sabés.

Mis reuniones preferidas son de 2. Después, vienen 3 y 4. La cantidad de oídos nos convierte en otra cosa, no la que conocimos.