Cuando cuento cómo adquirí mi último trabajo, miran como que estoy mintiendo. Son caras distintas en cada uno. Pero las detecto.

Andaba en la mala, con muy pocos pesos. En vez de esperar el cero fui a buscarlo. Compré un bolso carísimo. Una mochila, en realidad. Por un rato, me sentí tremendo. Recorrí los bolsillos, todos muy bien pensados, con un tipo de cierre nuevo, tecnología japonesa, tan silenciosa y suave que daba miedo.

Venía en el ómnibus, cayendo en lo real, mugriento y pegajoso. El subidón de la compra empezaba a ser un recuerdo. En las piernas, la mochila vacía, con la tarjeta del modelo colgando del hilo. La muchacha sentada al lado me pregunta dónde aprendí ese movimiento. Quedé en blanco, mirando sin entender. Lo que hacés con los dedos en el bolso. No supe qué decir, me dio vergüenza. Habló de un trabajo que se pagaba bien, habló de entrevista. Quedamos para el día siguiente, después del mediodía.

Me rompí la cabeza, antes de dormir, pensando qué podía ser, y tratando de acordarme dónde había aprendido ese movimiento.

Al día siguiente, después de una introducción bastante larga, donde hubo palabras que no entendí, me consultó sobre temas referidos a sexualidad, para conocer mi opinión. Mi cara debió ser muy graciosa porque la muchacha se tentó.

-Mirá, voy a decirte directamente porque creo que podía andar. Asisto a una mujer que casi no se puede mover, hago todo tipo de cosas, incluso tocarla, sí. Por eso te preguntaba por estos temas. Ella prefiere que sea un varón. Lo que más le gusta tiene que ver con eso que hacías ayer. ¡No lo podía creer! Viste que es algo bastante particular. Bueno. Me imagino que lo tendrás que pensar. La propuesta y condiciones están en este papel. Leélo tranquilo. Cualquier duda me consultás. Ella tiene ilusión. Pero entiende la situación, si decidís no aceptar. Miré el número que ofrecían y lo demás por arriba. Ya sabía lo que iba a hacer pero dije que respondería en 24 hs.