Galletas cuadradas

Galletas cuadradas

 

El sueño parecía de futuro, porque cobraban por dejar las cosas de mano antes de entrar al supermercado. Como éramos muchos tuvimos que buscar un casillero grande, que costó 158 pesos. Ahora que pienso, con la inflación de repente no era tanto. Digo era y hablo de futuro, qué loco. Bueno, no recuerdo tanto como me gustaría de los sueños. Compramos leña y al volver llovía y nos apresuramos a dejarla en el pasillo de los apartamentos. No era acá, eran otros. La leña era mucha y ocupaba mucho espacio. Un vecino nuevo y mala onda nos dijo que no la dejáramos en el pasillo. No le dimos bola y al rato golpeó la puerta para amenazarnos. Creo que por eso me desperté temprano, a la salida del sol. Me dio antojo de galletas cuadradas.

Recuerden, 158. Juéguenle.

 

La máquina de hacer pájaros

En el sueño tenía oportunidad de entrevistar brevemente a Charly García cuando entraba a un teatro para hacer versiones nuevas de Sui Generis. Le preguntaba si tenía pensado alternar en el futuro espectáculos con canciones de esa época y otros con temas de su carrera solista. El lugar está lleno de gente y el murmullo no me deja escuchar lo que dice. Además, es muy alto. Apenas me llegan palabras sueltas. Cuando termina digo ¿Qué?. Con fastidio, como no pudiendo creer, repite los conceptos que supongo habrá dicho la primera vez, bastante resumidos, pienso, porque resuelve en dos oraciones. Agradezco la oportunidad. Se aleja rápidamente con su productora. Voy a tener que inventar su respuesta. Miro su ropa para ver si rescato algo que pueda detallar. Viste pantalón gris y camisa blanca.

Sueño con flautas de pan

Estoy en un Evento Muy Grande, en un hotel, en las afueras de una ciudad. No sé cómo llegué aquí, ni por qué. No conozco a nadie. Deambulo por pasillos. Veo personal de servicio muy prolijo y dispuesto pero es evidente que el número es insuficiente para atender este mar de gente pituca que inunda la zona. Me siento en una mesa de 4 con 3 viejos. Los mozos aceleran los movimientos, sirven coca en vasos enormes. Los viejos tocan el vidrio con la parte externa de la mano para comprobar el frío. Hace un calor insoportable. La vieja rompe el hielo diciendo que deberían prohibir las bicicletas porque trasladan el barro y dejan todo sucio. Le contesto indignado que prohíban entonces los autos que dejan la porquería de la nafta en el aire. Busco aprobación. Miradas de consternación alrededor mío. Silencio. Me levanto. Intento irme pero hay gente por todos lados. Encuentro un hueco en una cinta continua donde trasladan cientos de flautas de pan, manipuladas por mujeres vestidas de blanco con gorros. Dicen que es un fin de semana de locos, que se ha hecho todo lo posible por cumplir. Tengo previsto llevarme una flauta cuando me baje del recorrido porque el olor me está matando, pero debo usar las manos en la maniobra y cuando me doy vuelta ya están lejos. Me bajé en una zona que es la Esquina de Todo; me quiero ir pero el olor a pan me tironea. Desisto cuando es evidente que es muy complicado volver atrás: puedo quedar nuevamente atrapado y una flauta, después de todo, no es para tanto.