Sí, vos.

Era un extranjero tratando de hacer las cosas bien, pero la verdad es que no me salía.
Dije: este planeta de farsantes se merece uno más o uno menos, pero no todos éstos. La culpa la tenés vos, hija de puta.
Me contaste cómo venías haciendo. Describiste un día. Los meses en los que dejaste de a poco un trabajo. Diste un ejemplo. Me hiciste pensar cómo sería, conchuda.
Ahora sigo de largo, sin frenos. Tengo todo el día magia en los dedos y no tengo excusas para diferir.

¿Qué es el amor?

Desde ahora hasta que me muera voy a anotar una respuesta distinta por día. Bueno, no. Cuando se me ocurra algo. Eso. Cuando se me ocurra algo, prometo que lo anoto.

1) Ves una sombra en la pared y tu mujer es la única que ve la misma cara en 300 personas. Ta, no éramos tantos pero sí muchos. Bueno, 7.
Ok, estábamos solos. Pero estoy seguro, no lo digo por decir, estoy seguro que así sean 7 o 300 no lo verían, los demás no lo verían. No me preguntes cómo lo sé. Es así. Chau. Lo entiende el que estuvo ahí. Esa cara la ves porque tiene que ver con cosas que hablás antes, sombras anteriores o nubes o títeres de un video que vimos el martes cuando volvimos del cumpleaños que vos te quisiste ir. Ok. Yo me quise ir cuando se acabó el hielo.

7 de enero

Una de las virtudes del asunto es que, ponele, mirás el paquete de tirabuzones y dice 9 minutos al dente. No sé si será cierto, pero puedo decir que no miré el reloj cuando los puse. Sin embargo, le comenté a P que la gata había comido uno seco que se me cayó al piso. En realidad fueron varios, cuando trataba de medir la porción con la mano. Lo que tuve que hacer es mirar el minuto del mensaje a ella y ser feliz.

Madrugue

El hombre estaba tan pero tan solo, que las cosas de la casa le hacían una pierna comentando cosas. La lámpara de bajo consumo del escritorio le dijo a la de la mesita de luz:

– Te acordás cuándo fue la última vez que se levantó a las cinco treinta?

– No era nacida yo, había una incandescente.

– Ah cierto, vos sos nuevita.

– No tanto. Hace diez años que laburo acá. Usté no lo quiere aceptar, ya se lo dije.

El hombre se levanta de la silla, estira los dedos y va al baño a mear. La lámpara de la escalera le dice buen día. Nadie sabe por qué se empeña, si nunca en la vida el hombre contesta. Pero esta vez, sí. La lámpara sonríe. Nunca había sonreído una lámpara así que ninguna lo hacía. Ahora que le pasó a ésta, ya podrán todas. Es la ley de la vida.