¡Siguiente!

En el sistema que tienen, tu compra avanza en canastos, después que pagás. Ocupa uno o varios, depende de lo que lleves. La mía se reparte en dos, los siguientes en la fila, pero el muchacho trae al mostrador la tercera. Charla con el afortunado en tono bajo, de viejos conocidos, mientras hace sus movimientos de embalaje: son bolsas de varios kilos de lentejas, arroz. Hunde la mano en cada punta, cuatro dedos, buscando formar un rectángulo más preciso, para que en el momento de pasar a la gran bolsa general, no se trabe. Antes de apoyarla contra el piso, la da vuelta. Esto sí, creo que ya fue juguete.

Tilos en Parque Batlle

Estoy para los tilos. Paro en la calle cada vez que veo uno. Ahora en Tiburcio Gomez, 2 cuadras antes de Ramón Anador, y ayer, dos cuadras después, por Chacabuco.
Ramón Amador, le dice un amigo que tiene un plug-in de autocorrección en los oídos y no sabe que una letra cambia todo.
Estoy para los tilos -digo al espejo, desenfundando- para el westeln japonés.

tiloch

Acá un tercer tilo que vimos por Talcahuano, el día de feria.

Notas de cata

 

El vidrio azul hace fuerza para abrir barrotes. Es decir, podría pasar por ese hueco sin problemas. Al fondo se ve, con paciencia, el objetivo: las tres botellas en hilera con sutil bajada. La que está más a la derecha tiene una curva como si al pico le viniera el viejazo.

La mitad izquierda de la foto tiene seis planos que pensadas como líneas convergen fuera de nuestro alcance.

Sobre la mesa, fragmentos de dibujos, líneas con recorridos similares, intenciones de guarda. La luz no deja ver bien, los reflejos ocultan.

En el ángulo superior izquierdo: el pasado, sugerido por la ausencia de color, las formas difusas, algo a lo que ya no tendremos acceso.