Tres cosas que haría por Justina.

—Justina es tan linda que no debería viajar más en ómnibus. La iría a buscar al trabajo para venir con ella caminando. Cada contacto con el mundo, lo mejora. El modo en que esquiva la hoja de un árbol. La mano que acompaña palabras y gesto. El tirón al pantalón cuando lo tiene bajo. El abrazo que sostiene la palangana. El perfume de la ropa de Justina.

—Comería del plato que recién dejó Justina, para ver si rescato algo de sus labios. Hoy se pidió pescado con aceite. Todavía tiene pimentón en un dedo.

—Mataría si supiera que la de ayer, fue la última vez que veré a Justina. Mataría porque sí, porque se me canta, no porque el mundo fuera mierda sin Justina. Dejaría su foto permanente en la pantalla. ¿Eran tres? Puse cuatro. Oh, Justina, no me guiñes el ojo al despedirte. No dejes de escribirme, Justina.

2/3

El problema es que no me banco la cabeza durante dos tercios del día. La buena noticia es que me voy admitiendo de a poco. Para fin de año calculo un cincuenta por ciento.

Después que encontrás una pregunta
nadie te puede parar el reloj
excepto
la morocha de la esquina.

¿Vos podés creer que escribo esto de arriba, lo publico en el blog, y le llega al vecino el informe de que hablo de su hija? “La morocha de la esquina” es un lugar común, viejo – le dije -pero parece que no se convence, porque sigue mirándome feo.