Fondo 2.0

La gata da vueltas sin decidir, al final queda debajo de mi silla. Lo veo más como una actitud de perro, pero está bien, la gata es ella y yo opino, nomás, que nunca la ví en un plan así, siempre a la par o encima. Debe ser la alfombra que le gusta, quizás le recuerda Persia. Con este calor, es buena idea cambiar el agua. Con los días se pone dudosa, si le pasás los dedos, te das cuenta. La llamo para mostrarle que tiene agua nueva.

Lo que quiero decir es que sus dudas permanentes para encontrar un lugar me refieren, no puedo dejar de notarlo. Su indecisión me persigue. Parece que se sienta pero no. Mete presión. Le contesto que el fondo es nuevo para los dos; aunque lo conocemos bien, nunca estuvimos solos en esta situación. Quizás pueda ser yo que actúo bajo su influencia o en función suya. La gata me queda mirando. Dice que sabemos los dos que no es así. Pero no estoy tan seguro.

Ahora se viene una tormenta, ya estamos con los truenos. Hay gente en el barrio que se pone cachonda, dice iujujuy con un énfasis sexual muy evidente. Otros revisan de apuro los desagües, la gata piensa que nos vamos para adelante y arranca. Pienso resistir en el fondo a como dé lugar. Sé que si llueve liviano no tengo lío. Si cae mucho en corto tiempo se pone lindo. Habría que correr el futón de la línea de la chapa. ¿Puede ser que me esté entrando alergia o fue un mosquito? Tengo los tomas ocupados y no sé dónde dejé las tabletas.

Se vino lluvia con viento, cierro la ventana. Pará, me digo, no hace falta, que se moje un poco el piso no calienta. Voy a comer algo. Miro la heladera. Arroz y ensalada. Le iba a poner mayonesa pero me dije, no seas terraja, con oliva alcanza y sobra. Dejá la mayonesa para cuando no haya. No compres más esa porquería. Bueno, le pongo un poco y basta, no se habla más del tema.

Por fin me quedo callado.

Hay un goteo distinto del resto. Hace de repique, juega sincopado, medio presumido, con un sonido más grave. Lo sabe. Juega para el resto hasta cierto punto. Un día, se corta solo.

Blanco

Al principio, cualquier idea es buena.

Me entretengo diseñando la plantilla donde escribo, ajustando la transparencia para que me deje ver la foto que puse de fondo. Aprieto el botón del termo para que salga la presión de la bebida caliente. Me gusta el sonido. El otro día lo hice en la mesa con un amigo y le chicoteó el jopo tan fuerte que pensé que lo había quemado.

Hace unos cuántos años, en casa, mis padres usaban una olla a presión. Con un tenedor levantaban el piripicho para que saliera el vapor. Decían que podía explotar -si se trancaba al subir por falta de mantenimiento- y morir todos los integrantes de una familia.

Es mi lema por estos días: no existir. No voy a cabecear en los córner ni atiendo los timbres. Contesto correos tirando para adelante.

El tiempo avisa, empuja a conversar con los que hacen silencio. A ellos tampoco les alcanza: quieren libros. Los libros sirven para apilarlos, trepar y llegar al frasco de caramelos.

No, mentira. No sirve cualquier idea. No voy a ningún lado. Me tengo que ir.

Lento

Más o menos siempre llego a este punto. Como se me concede tiempo, no puedo elegir de lo que me ofrecen; invento. Me alejo de personas que huelen a miedo. Respiro aire fresco. Se ponen locos los instrumentos de medición. Cambia de dirección el viento. Levanto el banco donde estaba sentado y lo apoyo abajo del reloj. Subo. Con un dedo paro el segundero antes de las 12 y devuelvo.