Venimos de cero

Sábado 18 de agosto

2.30 Ponele que estaba mimoso, si querés, pero no estoy inventando. En la cola de migraciones, mientras me saco lagañas veo una tevé, que aparece incompleta apenas por encima de una divisoria de oficina. Hay dos mujeres bailando en tetas, con los cachetes pintados y actitud infantil. Por los colores, imagino que debe ser alguna señal brasilera. Miro a los demás que esperan para presentar la cédula. Miro a los funcionarios. Nada parece estar fuera de lugar. Ahora una de las dos se acuesta y la otra le atiende un pezón con mirada risueña, sosteniéndose el pelo. No quiero estirarme en puntas de pie para no llamar la atención.

6:40 Llego a los taxis y hay uno que parece distribuir la gente, me ofrece el que está adelante del que están cargando ahora, pero no hay nadie al volante. Soy yo el que maneja, me dice. Tiene una tevé donde antes los autos llevaban un velocímetro. El hombre está contento porque va a poder mirar a Los Pumas, que juegan en Australia. Mientras tanto vemos un colectivo que chocó con un camión y un tipo al que, trabajando en obra, le cayó un fierro que atravesó su cabeza. Se salvó de milagro, después de horas de quirófano. Muestran un dibujo o una tomografía, algo así. Rotan el cráneo. El fierro le salió por la frente, arriba de los ojos. El taxi se caga de risa. Me lleva por Casa Rosada, le asombra que no haya mucha luz. Deben estar ahorrando, le digo yo. ¿Te imaginás a Cristina enganchada? Me dice. Hace una recreación de lo que pasa cuando alguien en un barrio busca quien maneje las pinzas. Hacen un asado para festejar la conexión, invitan a los electricistas. El taxi habla de política pero no da opinión. Nombra a los gobernantes y observa mi reacción. Yo, nada. Se ríe porque pensé que era el que abría las puertas. Parece que siempre lo hace. Hoy una vieja le dio 5 pesos, me contó. Está bien, es la propina. Vuelve a reirse. Termino de escribir. Levanto la vista. Afuera ya clareó.

Imagino un mundo. Elijo una parte. Escribo un diálogo, una estrofa o dos párrafos que hablen de esa parte para después, cuando pueda leerla, me acuerde del resto del mundo y me ría, me ría, me ría. Por eso, no puedo escribir todavía nada largo.

Una película vi de chico. Crean una nave donde viajan personas dentro de las venas de alguien. Supongo que sería educativa, la intención. Incluso hay un momento que pasa algo que tiene que ver con el amor, como para darle color y no ser tan pesada con la descripción de órganos. O capaz que eso ya era Woody Allen y estoy mezclando todo.

¿Vos te reíste toda la vida de lo mismo o fuiste cambiando el sentido del humor?

Chistes de gallegos

de maricas de monaguillos de curas

chistes de mellados

opas de gran poronga

Hablando de eso. Conocí a una chica a los 17. Nos hicimos tan amigos que fuimos a cagar juntos una vez, en un campamento. Eso sí, a una distancia prudencial que salvara nuestra intimidad, pero a la vista, entre los yuyos. Ella hacía ruidos raros, se movía. ¿Qué es eso? Le pregunte ¿un ritual? Algo así, me contestó. Si no hago esto, no puedo.

Después cuando nos levantamos pero antes de volver, me lo dijo: ¿Me mostrás la poronga? Tengo curiosidad. ¿Te molesta?

Para nada, le dije mientras me bajaba el cierre, pero a cambio quiero ver las tetas. Y señalé las dos. Después volvimos con los demás y nunca más hablamos del tema. Me casé con ella.

Leo en un cuento: “…tiene la edad en que todavía se desean cosas que se pueden obtener.”

Creo que es cierto. Mi madre votó a Cámpora. De mi padre ya sabía, aunque nunca quiso hablarme de política partidaria. Mi madre me contó una anécdota. Se lo llevaron a él, que había ido al cine, porque la policía no quiso llevarse a los de una marcha. Por eso no iba a los actos. Estuvo dos días detenido y de eso nunca habla. Fue por una circunstancia. Justo él, que simpatizaba.

Qué despacito que pasa el hijo de puta del helicóptero. Ese ruido atraviesa todo. ¿Estarán buscando a alguien? Ahora me dejan paranoico, carajo. Subo a la azotea y vuelvo.

Ya van cuatro alarmas de auto. El recuerdo de la casa sin ruidos se rompió. Además esto: la propaganda con bocina no es tolerable, pienso. Y misteriosamente se apaga. Cuando pasan estas cosas, es tremendo.

Me llevo pila de autores. No se si los leeré pero pienso que algún día voy a estar tirado al lado de la mujer que va a querer más. Y yo, que voy a tener sueño, dispondré de una biblioteca para que se entretenga mientras recupero fuerzas, y vuelvo.

La verdad hasta ahora es esa. Cuando me pongo a escribir, las otras cosas de la vida empiezan a rodar. Los artistas entusiasmados con el reconocimiento son los que no están seguros. O preocupados de su lugar en la colmena. El cuento del colgado ya fue. Pero sigo al firme, hablando de la música en repeat. Estoy en fase plástico cruel, de José Sbarra. Un poco atrasado, ni lo digas. Para echarme a perder, prefiero mis errores. Llega la noche, le doy gas a la batidora. Vengo de conocer a los autores que me gusta leer. Es así. Si tengo que pensar si me gusta o no me gusta, lo dejo. Los ingredientes son, además: té, pan, vino, arroz, ensalada de lechuga y repollo. Mordisqueando zanahorias. Un tabaco, tal vez. La música conectada desde la notebook al equipo. No tener excusas, qué divino no tener excusas. Aparentemente me quedan unos años, tengo que decidir cada día qué voy a hacer.

Mi madre atajaba bien cuando decía: derramar vino es alegría, no importa. Pasamos un trapo. Este además es blanco, así que no molesta ni de vista. El problema eran la alfombra, si se tomaba tinto.

Venite, no sabés lo que te estás perdiendo acá. Me va encantar hacerte todos los chiches, pero conversando soy lo más parecido a una chica. Mostrar las debilidades nos hace fuertes.

Una canción que dice: Yo no quería que nadie se fuera, pero el día se dio de tal manera. (Juana M.)

La distancia nos hace ver que cuando estamos cerca tenemos que estar cerca. Dame un beso, por ejemplo. Vos sos sabia, pero yo soy varón. Insisto. 

Helado 1/4 kg: $31.ar me costó la última compra del sábado. Igual que la primera, un agua de medio sin gas, $31.uy, hoy temprano en Tres Cruces.

Domingo

Susana, esta vez, dejó la tetera en la cocina. El chino ahora tiene agua de 6 litros y levadura fresca. Seguramente no las veía por mi ceguera de prejuicios. O empezó a traer porque le pedí. O justo vino una expansión de estos productos.

Me gusta la conversación ¿Cuánta intimidad bancamos? Vos parame, si te pongo incómoda. Con el correr de las horas me voy a quedar sin ropa. Van seis veces, desde que llegué. El mundo es este. La forma que hacemos. Lo dijo José Sbarra: que los pendejos encuentren un libro de alguien que fue igual que ellos.

Salí a caminar. En esa casa, una vez mi mamá vio entrar a Borges. Me detengo en todas las caras, pero tampoco me gusta molestar. Impresiona la cantidad de gente que me saca los ojos, como cuando te agarran desprevenido.

El Fauna me dijo una vez, en Montevideo: Conozco mucha gente en Buenos Aires, pero de tu onda, ninguno.

Traje todo este material de lectura, pero lo de ayer me dejó tan patas para arriba que hoy no puedo avanzar. Me gusta cuando leo algo y funciona. Las caras que me cruzo no son familiares. En esta zona hay contenedores de basura. A casa todavía no llegaron. Podría dejar la mía antes de irme.

Hay una paradoja que voy a estudiar. La velocidad de la cabeza y la lentitud de los procesos vitales. Esas programaciones que tenés, de las que hablás con el psicólogo ¿Cómo se hace para no venirse loco? La única canción monótona que me gusta es Sunflower de Low.

Unos días atrás, si me enteraba de un tipo que, por ejemplo, le sacaba fotos a la poronga, hubiese pensado mal, te juro. Hubiese hecho este gesto, ponele. El problema sigue siendo -anoto- que no conozco el tamaño de mi bien.

El gusto viene de fábrica, con los ojos. Si lo dejás pasar, el próximo va a ser más grande.